Pompeya

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Debolsillo, 2006 - 313 páginas
Una sofocante semana a finales de agosto del año 79 d.C. ¿Qué mejor lugar para pasar los últimos días del verano que la bahía de Nápoles? A lo largo de toda la costa, los ciudadanos más ricos del imperio se relajan en sus lujosas villas, la flota más poderosa del mundo descansa pacíficamente fondeada en Miseno y los visitantes gastan su dinero en las localidades de Herculano y Pompeya. Solo un hombre parece preocupado. El ingeniero Marco Atilio Primo acaba de hacerse cargo del Aqua Augusta, el enorme acueducto que suministra agua potable al cuarto de millón de habitantes de las nueve ciudades de la bahía de Nápoles y, por primera vez desde hace generaciones, los manantiales se están secando. Su predecesor ha desaparecido y hay un problema en algún punto de los noventa kilómetros de la conducción principal, al norte de Pompeya. Justamente en las faldas del Vesubio. Atilio responsable, respetable, práctico, incorruptible asegura a Plinio, comandante de la flota imperial y famoso erudito, que puede reparar el acueducto antes de que los depósitos de reserva se queden in agua. Pero mientras se encamina hacia el Vesubio, se dispone a descubrir que hay fuerzas que ni el imperio más grande del mundo puede detener.

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